Tim Burton en Paris
En sus estudios y reflexiones en torno a materias estéticas, John Ruskin llegó a la conclusión de que los seres humanos no solo demuestran una tendencia innata a responder ante la belleza, sino también a desear poseerla, bien sea recurriendo a la adquisición de objetos que consideramos hermosos, la inscripción de nuestro nombre sobre la superficie de pirámides, muros, antiguos templos y similares, o la toma de fotografías, prácticas todas ellas que el escritor inglés reputaba de escaso alcance pues en su opinión el deseo de poseer las cosas bellas sólo se satisfacía plenamente mediante su comprensión y conocimiento, algo que de ninguna manera se lograría mejor que intentando describirlas a través del arte, es decir por medio de su descripción con palabras o, aún mejor, dibujándolas, al margen del talento particular que cada uno de nosotros tengamos para ello.

De ahí que en el periodo comprendido entre los años 1856 y 1860 la principal preocupación intelectual de Ruskin, expresada a través de libros, clases y conferencias, fuera enseñar a la gente cómo dibujar, pues el dibujo era incluso más importante que la escritura y sin embargo se consideraba, según reflejaban los planes de estudios, incomparablemente menos práctico y útil que esta, lo que puede igualmente decirse de nuestra propia época. Esto es así porque la práctica del dibujo nos puede enseñar a ver la realidad que se muestra y despliega constantemente delante nuestro, a ser verdaderamente conscientes de las cosas que vemos cuando miramos.
Pero el dibujo también tiene, sin embargo, una poderosísima relación con el mundo del inconsciente, nos permite sacar al exterior un continente propio e íntimo esencial, decisivo, que se sitúa al margen de toda definición y de aquello que hacen posible el uso regulado del lenguaje o las convenciones sociales dominantes. Esto sucede muy sensiblemente en el caso de artistas como el cineasta Tim Burton, a cuyo fascinador universo la Cinemateca de París http://www.cinematheque.fr/ dedica hasta el 5 de agosto una seductora exposición organizada originariamente por el MOMA de Nueva York hace tres años donde pueden admirarse hasta 700 dibujos, muñecos y disfraces que se complementan con la proyección de todas sus películas.
El aspecto fantasmal de muchos de estos dibujos y artefactos está en consonancia con la manera en que el propio Burton parece percibir su reaparición de este lado de las cosas, pues la mayor parte de ellos llevaba años arrumbados en cajones olvidados hasta que los comisarios del MOMA los recuperaron. Esto es así en parte porque Burton, pese a empezar su carrera como ilustrador y dibujante, no concibe sus dibujos como productos finales sino como parte de un proceso que a él le gusta concebir como una suerte de viaje a lo desconocido caracterizado por el puro placer de crear cosas cuyo imprevisto destino final puede ser un objeto extraño, un personaje de animación o una escena completa de uno de sus memorables filmes.
Si alquila apartamentos en París tal vez se sienta atraído por esta singular y estimulante muestra adecuadamente enriquecida por talleres, conferencias, concursos , encuentros y clases magistrales.




















